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Vicente Gracia, Premio Nacional de Diseño en 1986, Gracia es probablemente el joyero valenciano con mayor proyección internacional y sus obras son habituales en las subastas de Christie’s. Le entrevistamos con motivo de su elección como finalista de los Premios Nacionales de Artesanía.

Pasaste una buena parte de tu infancia en talleres de la familia, uno de ellos, el de tu padre, de joyas ¿Cómo influyó ese contexto en tu elección del oficio?

Sí que influyó. Y hago gala de ello. En mi familia eran artesanos de Russafa: mi abuelo se dedicaba a la forja, mi tía Manolita tenía un taller de costura y mis tíos eran ebanistas. Uno de ellos, Manolo, fabricó una cuna para Juan Carlos I. Mi abuelo decía que la tradición artesana de la familia provenía de los moriscos y sefarditas. Esa mezcla de culturas de Valencia es una influencia clave en mi obra.

¿Qué puedes contarnos de tu experiencia en la Escuela Massana de Barcelona? Fue fundamental en tu formación como orfebre, ¿no es así?

Voy allí en 1979, cuando todavía no estaba reconocida por el Estado, lo que les daba una gran libertad. De hecho, me hicieron el examen de ingreso las alumnas de quinto y pasé a segundo directamente. Fueron unos años en los que tuve profesores como Joan Miró o Antoni Tàpies. Imagínate… En aquella época había una gran efervescencia cultural en Barcelona. Yo creo que la Movida empezó realmente en esta ciudad, portuaria, abierta y cosmopolita. Fue para mí una apertura al mundo…

Formaste parte de Alhaja, un espacio creado por Carmen Alborch, ¿en qué años fue y en qué consistía?

Fue en los 80. Carmen –que regentaba la galería Temple- y un grupo de amigos deciden crear un espacio de diseño de joyas. Se convirtió en una tienda pionera en España. Alborch tuvo mucho criterio: es una figura fundamental para el sector en toda España. Fue un momento en que conseguimos que el país fuera un referente. Habíamos pasado de la dictadura de Franco a la modernidad en apenas unos años: eso llamaba mucho la atención fuera.

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¿Cuándo y por qué decidisteis abrir la tienda en el número 4 de la calle de la Paz de Valencia, en un edificio de 1898?

Fue una carambola. Ya teníamos la platería y una parte del taller en el número 24 de la calle de la Paz. El edificio pertenecía a la “Real Sociedad de Tiro Pichón” pero la entidad estaba en quiebra y en 1975 venden el recinto a mi padre, a quien le debían mucho dinero por la elaboración de trofeos. Fuimos acondicionando el edificio y convencí a mi padre para que no se lo alquilara a nadie. Nos trasladamos a este espacio en 1992, cuando se vende la finca donde teníamos el taller en la misma calle, en un bajo de alquiler.

¿De cuál de tus obras estás más orgulloso?

Del brazalete El Río de la Vida. Triplicó su precio de salida en una subasta de Christie’s en Dubai, en 2008, y lo adquirió un comerciante de Kuwait [se vendió por 146.000 dólares]. Representa la confluencia del mundo material y espiritual, el transcurso de la vida. Refleja lo que es para mí la joyería: un medio de expresión y poético.

¿Qué supone para ti la nominación para los Premios Nacionales de Artesanía?

Sinceramente, pensaba que no estaría en la final. Ha sido una sorpresa. Me gustaría que sirviera, sobre todo si lo ganara, para hacer un buen Made in Valencia. Los valencianos no son conscientes de dónde viene su carácter comerciante: proviene de las mejores raíces de nuestro pasado, de la suma de las tres culturas. Además, somos tan individualistas… Hace falta un buen término de referencia que nos agrupe a todos los artesanos valencianos.

¿Cómo prefieres que te llamen, orfebre o diseñador de joyas?

Realmente lo que hago es diseñar joyas, aunque trabajo con artesanos de la orfebrería, algunos con 50 años de oficio.

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